“La calidad de vida de una persona con autismo depende del conocimiento que la sociedad tenga de esta”. Theo Peeters.

jueves, 18 de julio de 2013

El exceso de líquido cefalorraquídeo en la infancia podría indicar un trastorno del espectro autista.

Las anomalías cerebrales pueden servir como biomarcadores potenciales para la detección precoz del autismo. En concreto, un exceso de líquido cefalorraíquedo y un cerebro agrandado durante la infancia podrían conllevar un trastorno del espectro autista, señala un reciente estudio. Sus autores, del Instituto MIND de la Universidad de California en Davis, han seguido la trayectoria de crecimiento cerebral desde la temprana infancia de niños que posteriormente desarrollaron autismo. Para ello midieron periódicamente el crecimiento del encéfalo y el desarrollo de los bebés mediante imágenes por resonancia magnética (IRM). También evaluaron con regularidad el desarrollo cognitivo, social, motor y de comunicación de los probandos.

El estudio se llevó a cabo con 55 bebés de 6 a 36 meses, 33 de los cuales tenían un hermano mayor con autismo. Los 22 restantes eran niños sin ningún antecedente familiar del trastorno. Tanto los bebés de alto riesgo como los de bajo riesgo fueron sometidos a una primera tomografía por resonancia magnética entre los seis y nueve meses. La segunda se realizó cuando tenían entre año y año y tres meses de vida. La tercera tuvo lugar entre los 18 y los 24 meses. Las IRM se efectuaron mientras los bebés dormían.

A los seis meses, los investigadores comenzaron a realizar evaluaciones conductuales intensivas en torno al desarrollo de los bebés. Los padres completaron periódicamente cuestionarios sobre el comportamiento de sus bebés. Estas pruebas se realizaron hasta que tuvieron entre 24 y 36 meses, edad en la que se evaluó a cada niño. Según los resultados, la anomalía cerebral se detectó con una frecuencia superior en bebés de alto riesgo diagnosticados entre los 24 y los 36 meses de autismo.

Los investigadores hallaron que entre los seis y los nueve meses, los niños que desarrollaron autismo tenían niveles elevados de líquido cefalorraquídeo en el espacio extraaxial sobre y alrededor del cerebro, y que estos niveles de líquido permanecieron anormalmente elevados entre los 18 y los 24 meses de edad. Cuanto más líquido se registró durante la infancia temprana, más graves fueron los síntomas de autismo del niño en el momento del diagnóstico, según los resultados del estudio.

Asimismo, las imágenes por resonancia magnética revelaron un agrandamiento cerebral anormal en el autismo antes de los 24 meses (los bebés diagnosticados con autismo presentaban, por término medio, volúmenes cerebrales un 7 por ciento más grandes a los 12 meses comparados con niños con un desarrollo típico). El exceso de líquido extraaxial y el mayor volumen cerebral se detectaron antes de que fueran evidentes señales de comportamiento indicadoras de un trastorno del espectro autista.

«La causa del aumento de líquido extraaxial y del tamaño agrandado del cerebro no se conoce actualmente», indica David Amaral, director del Instituto MIND y uno de los autores del estudio. A pesar de estos primeros resultados, los investigadores advierten de la necesidad de replicar el hallazgo antes de que pueda ayudar en el diagnóstico temprano del trastorno del espectro autista.