“La calidad de vida de una persona con autismo depende del conocimiento que la sociedad tenga de esta”. Theo Peeters.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Avance hacia el diagnóstico precoz del autismo


La capa que recubre el cerebro humano, llamada corteza, está estructurada en una especie de pliegues. Investigadores norteamericanos los han estudiado en bebés con alto riesgo de padecer autismo y han revelado que, durante el primer año de vida, la superficie de algunos de esos pliegues crece por encima de lo normal en los casos en que el diagnóstico acaba siendo positivo.

El hallazgo, publicado en la revista Nature, ayuda a entender por qué, a diferencia de lo que pasa en la mayoría de trastornos del desarrollo neurológico, el cerebro de los niños con trastornos del espectro del autismo (TEA) suele tener un tamaño más grande de lo habitual a partir del primer año de vida.

Según los autores del trabajo, el aumento de la superficie de los pliegues, detectado con imágenes de resonancia magnética entre los seis meses y el año, es el paso previo al incremento del volumen global del cerebro, observado entre el primer y el segundo año.

A su vez, el aumento global del volumen coincide en el tiempo con la detección de déficits sociales en el comportamiento relacionados con el autismo, según los resultados de la investigación.

El trabajo se centró solo en bebés con alto riesgo de padecer autismo, en concreto en los que tienen hermanos con TEA: se calcula que su probabilidad de tener un trastorno del espectro del autismo es de entre un 15 y un 20%, unas diez veces superior a la de la población general.

La investigación es por ello un avance hacia el diagnóstico precoz del autismo en los bebés de alto riesgo. Detectar el aumento de la superficie de esas áreas del cerebro durante el primer año de vida podría permitir identificar antes a los niños con TEA. Y, como las conexiones del cerebro de los más pequeños están en construcción en esos primeros meses u años, diagnosticar y actuar antes puede mejorar su desarrollo.

“Si podemos identificar estos niños antes de que presenten síntomas podemos empezar a intervenir más temprano, antes de que las diferencias en el cerebro y el comportamiento tengan la oportunidad de consolidarse”, explica a Big Vang la primera autora de la investigación, la doctora Heather Cody Hazllett, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.

“Todavía tenemos poca evidencia de los resultados de una intervención tan temprana, pero sí sabemos que en general actuar precozmente mejora la evolución”. Lo afirma la doctora Amaia Hervás, responsable de la Unidad de Psiquiatría Infantil y Juvenil del Hospital Universitari Mútua de Terrassa.

Hervás, experta en TEA y que no ha participado en el estudio, detalla que, en caso de que se pudiera llegar a predecir durante el primer año de vida si bebés en alto riesgo padecerán un trastorno del espectro del autismo, intervenir significaría “enseñar a los padres a jugar con los niños mejorando el contacto ocular, motivándolos para el contacto social, estimulando sus sentidos, promoviendo que se desarrollen las conexiones cerebrales que, por sus características, estos niños no tenderán a desarrollar”.

Pero harán falta, subraya Hazlett, más estudios con un número mayor de bebés para sacar conclusiones firmes sobre la posibilidad de llegar a ese diagnóstico precoz.

En este sentido, la investigadora avanza que explorarán las características genéticas que parecen implicadas en el aumento de superficie de los pliegues cerebrales. Conocerlas puede contribuir también a la detección temprana.

Para llegar a estas conclusiones, los autores de la investigación examinaron los datos de estudios previos referentes a 106 bebés que tenían hermanos con autismo en paralelo a otros 42 que no. Los datos incluían un seguimiento de estos niños y por esto se sabía que, de los 106 en riesgo, a 15 les diagnosticaron TEA al cumplir dos años.

La información disponible incluía resonancias magnéticas y evaluaciones del comportamiento de los niños a los 6, 12 y 24 meses de edad.

Las imágenes de resonancia magnética sirvieron para que los investigadores pudieran examinar, en primer lugar, la evolución del volumen total del cerebro de los niños en esos tres momentos temporales. Así fue como advirtieron que el volumen se incrementaba más de lo habitual entre el primer y el segundo año en el caso de los 15 niños a quien se acabó diagnosticando autismo.

A su vez, los autores del estudio observaron que, en esos 15 bebés, la superficie de varios de los pliegues de la cubierta del cerebro, relacionados especialmente con el procesamiento de información sensorial (por ejemplo, visual o auditiva), aumentó considerablemente entre los 6 y los 12 meses en comparación con los niños en riesgo que no desarrollaron autismo o con los que no estaban en riesgo (ninguno de los cuales desarrolló TEA).

Por ello decidieron crear un procedimiento para comprobar si las imágenes de resonancia magnética de la superficie de la cubierta cerebral a los 6 y los 12 meses podían ser útiles para predecir el diagnóstico de autismo.

Y concluyeron que sí y con una alta precisión, aunque a su vez advierten que es necesario llevar a cabo más estudios, por un lado, para evitar dar por positivos casos que realmente no lo son y, por el otro, para investigar si otros trastornos del desarrollo neurológico, más allá de los TEA, pueden tener características como las halladas en este estudio.